OPINIÓN PORTADA

ITURBIDE Y LA CONSUMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA EN EL IMAGINARIO DE VICENTE RIVA PALACIO GUERRERO

Iguala, Gro., a 16 de julio del 2020

Hace 150 años se publicó El libro rojo, texto que recrea en orden cronológico los procesos más importantes de México, desde la Conquista hasta el fin del Segundo Imperio (1520-1867) y en sus treinta y tres capítulos se hace una semblanza de los personajes que destacaron durante esos periodos. Uno de los autores de esta obra fue Vicente Riva Palacio Guerrero, nieto de Vicente Guerrero y uno de los mejores escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo XIX.

Vicente Florencio Carlos Riva Palacio Guerrero (1832-1896).

A el le corresponde redactar el tema de la Consumación de la Independencia Mexicana y lo titula: Iturbide. El apoteosis.

A continuación transcribo unos párrafos del capítulo para conocer la versión novelada de este gran historiador:

Llegó por fin el día de la libertad de México. Once años de lucha, un mar de sangre, un océano de lágrimas. -Esto era lo que había tenido que atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de septiembre de 1810 hasta el 27 de septiembre de 1821. -16 y 27 de septiembre, 1810 y 1821. He aquí los dos broches de diamante que cierran ese libro de la historia en que se escribió la sublime epopeya de la independencia de México.

Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían necesitado los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella sus nombres en ese gran libro.Pero el día llegó; puro y transparente el cielo, radiante y esplendoroso el sol, dulce y perfumado el ambiente.

Aquel era el día que alumbraba después de una noche de trescientos años.Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el sepulcro tres siglos.

Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciudad de México estaba conmovida.

¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día en que recobra su independencia?…

Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, cuadros, vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo lucía, todo brillaba, todo venía a dar testimonio del placer y de la ventura de los habitantes de México.

Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colores de la bandera nacional, de esa bandera que enarbolada por Guerrero e Iturbide, en el rincón de una montaña, debía en pocos meses pasearse triunfante por toda la nación, y flamear con orgullo sobre el palacio de los virreyes de Nueva España.

Aquellos tres colores que simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; un presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, el verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire.

Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las plazas, que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba las azoteas, que escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa de contemplar la entrada del ejército libertador, no había quizá una sola persona que no llevase con orgullo la escarapela tricolor.

El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la muchedumbre el momento de la entrada del ejército trigarante.

Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521. 1521, 1821.

¡Trescientos años de dominación y esclavitud!

A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones.

Aquel hombre era el libertador D. Agustín de Iturbide.

Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embriaguez de placer y entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban el aire, y se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas de los templos, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones.

Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército con perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y joyas, los padres y las madres levantaban en sus brazos a los niños y les mostraban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las mejillas.

Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se arrojaban a coronar a los soldados rasos y a abrazarlos; los hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban.

Aquella era una locura, pero una locura sublime, conmovedora; aquel era un vértigo, pero era el santo vértigo del patriotismo.

Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de septiembre de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la dicha de presenciar esa memorable escena, que no sienta que se anuda su garganta y que sus ojos se llenan de lágrimas al escuchar esta pálida descripción, hija de las tradiciones de nuestros padres y nacida sólo al fuego del amor a la patria.

Aquel fue el apoteosis del libertador Iturbide.”

Así relató Riva Palacio esa gran fecha que marcó el nacimiento de nuestro México como una nación libre ante los demás países del mundo, fecha que hasta hoy la historia oficial mantiene en el olvido sin darle la importancia que merece.

Por lo anterior es preciso señalar, que estamos a unos cuantos meses de que se celebre en el 2021 el Bicentenario de la Consumación de la Independencia Mexicana y es donde tendremos la oportunidad los mexicanos de participar en la conmemoración de tan gloriosa fecha, con el ánimo y entusiasmo que se vivió el 27 de septiembre de 1821.

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