OPINIÓN PORTADA

LA NOCHE DEL VOLCÁN

A 19 de julio del 2020

A continuación, les comento el Libro, “La noche del Volcán”, del escritor Igualteco Ramiro Miranda Román. Cuya familia, es originaria del pueblo de Apetlanca, Municipio de Cuetzala del Progreso. Pero, avecindada, desde hace muchos años en la ciudad de Iguala. En donde nos conocimos, por conducto de su hermano Fidel, quien fue mi compañero de trabajo, en los 90s, en el Conalep, Iguala. Y un día, caminando por el zócalo de la ciudad, me encontré con Ramiro que disfrutaba de unas vacaciones. Pues, ahora, Ramiro vive en la ciudad de Monterrey. Me pidió que le presentara su Libro “Lola querida”. Un libro que después pude leer y darme cuenta que trata de la vida de una mujer muy apreciada en Apetlanca en aquellos años de los 60s. Desgraciadamente, no pude presentarlo. Poco después, me hizo llegar con su hermano Fidel, “La noche del volcán”. En donde se narra, fundamentalmente, la vida de unos jóvenes que gira en torno al “Clásico” de futbol de la Sultana del norte, entre los “Tigres” de la Universidad Autónoma de Nuevo León y “La Pandilla” del Monterrey.

Para ello, inicio, citando la primera línea de “La Metafísica” de Aristóteles, la cual señala que, “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Y agrega en seguida, “el placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos, es una prueba de esa verdad”. ¿De cuál verdad? Pues, naturalmente, de la que todos los humanos tenemos. Es decir, la de querer saber siempre algo o la de querer conocer acerca de algo.  Y concluye diciendo “nos agradan por sí mismas, independientemente de su utilidad, sobre todo, las de la vista”. Cito, al “Estagirita”, porque quiero que sepan, que las percepciones estimuladas, por “La noche del volcán”, en mi pensamiento. Ese libro, un poco “extraño” al tipo de lecturas que acostumbro llevar a cabo, son de asombro y a la vez, de Dudas. Porque tener en mis manos, “La noche del volcán”, y ver su formato, su portada, su color, sentir su textura, hojearlo y percibir ese olor, muy característico, de un libro recién impreso. Todo ello, provoca en mí pensamiento, dos cosas. Primero, gratas percepciones y segundo, el deseo inmediato de querer saber de qué trata.

Fue así, como di inicio a la lectura y a la búsqueda, de lo que yo quería saber acerca del contenido, de “La noche del volcán” de Ramiro Miranda.

Descubrí, en general, que “La noche del volcán” trata de una pasión alimentada, desde la cuna en el seno familiar. Una pasión que consiste en demostrar la forma en que se vive un “Clásico” de futbol en la Sultana del norte. En Monterrey. Entre “Los Tigres” de la Universidad Autónoma de Nuevo León y “La Pandilla” del Monterrey. Sea éste en el estadio Universitario, “el Volcán” o sea en el antiguo estadio “Tecnológico”. Y, ahora, en el “Gigante de acero”. Entendí, que esa pasión por el “Clásico” regio, mueve a toda una ciudad. Prácticamente, paraliza a la industria, a la empresa, al comercio. La pasión, por el “Clásico”, es parte de su cultura. Es un fenómeno sociológico muy regional. Y lo es, porque se mueve en torno a ello, la familia entera. Si eres seguidor de “La Pandilla” del Monterrey o de “Los Tigres” del Universitario. Lo eres, no por influencias de amigos o amistades. No por ser compañeros de trabajo o de estudio. Lo eres, como lo dije anteriormente, por una tradición que se alimenta desde la cuna misma del seno familiar. Así entendí, que lo describe en “La noche del volcán”, Ramiro Miranda. Ese escritor Igualteco, ahora, radicado en Monterrey.

Porque los personajes que constituyen la trama de su Libro, se enmarcan en el significado del “Clásico” Regio y que a continuación, les describo. Todo inicia con unos jóvenes en torno a una “banca de cemento” en la casa de los padres de Sandy y de Pepe, que son hermanos. Y que a la vez, son vecinos de don Carmelo, un taxista y de Lupita. Guadalupe Sol, como es su nombre. Es enfermera. Ellos, son los padres de Monina y de Fernando, Fer. Y, el Toto, el líder de esos jóvenes, quiere tener una relación sentimental con Monina. Pero Rebeca, le da “carita” y lo abruma. El Toto, realmente, quiere andar con Monina. Pero si se pudiera, andaría con las dos. Con Rebeca y con Monina. Pepe, comenta entre ellos, que quiere andar con la Lupita, la esposa de don Carmelo. Le gusta la señora. La ve “guapa” y le atrae. Sus compañeros, lo reprenden por ser una “falta” de respeto. Ese carnal deseo hacia la vecina que es la esposa de don Carmelo. Él, Pepe, por un oído le entran y por el otro le salen, esos reclamos de sus compañeros. Los ignora.  Sigue su plan y anda, como dicen los jóvenes, “sobres”. Sin pasar por alto, cualquier oportunidad de hacerle sentir a Lupita Sol, que le gusta. Pero, la historia en general, acerca de  “La noche del volcán”, gira en torno a la figura central de la trama que es la de Monina Es la que nos cuenta, en primera persona, las diversas historias que se entrelazan entre estos jóvenes, sin importarles nada, más que el desarrollo de sus mundanas vidas en torno al “Clásico”. Y, el lenguaje que usan entre ellos, es propio de la región, de allá. De la Sultana del norte. Es común oír y hablar de la carne asada, del pisto, de las botas, de la troca, de carta blancas, de la güerca, la machaca, la tortilla de harina, etc.

Monina, trabaja en un McDonald’s. Pero sus padres quieren que ella estudie computación. Se inconforma y se resiste en estudiar algo que no es de su agrado. No es conforme ni con su propio cuerpo. Detesta tener un busto grande. Aunque ella misma dice que con “esos” va a terminar de amamantar al hombre que busca. Pues quiere tener un novio. Pide a gritos tener un novio. Como que le urge. Aunque Monina, no nos aclara si finalmente establece una relación sentimental con el Toto.

Nos cuenta que, quizás, sea algo mítico lo que en una ocasión le ocurrió a don Carmelo, su papá. Pues en su taxi, sin saber, lleva de pasajero a un magnate de la banca regia. Al Sr. Jorge Lankenau Rocha. Y en el trayecto, establecen una conversación. En la cual el magnate le platica acerca del por qué su banco se llama “Confía”. Al bajar, el banquero, le pide no olvidar abrir una cuenta en “Confía” lo antes posible. En otra ocasión, don Carmelo, apelando a la mayoría de edad de su hijo Fernando, lo invita a una cantina para contarle una “aventura” que sostuvo con una trabajadora llamada Mica. Esto, cuando su esposa Guadalupe Sol, salió de Monterrey a la ciudad de México para trabajar en el IMSS. Le narra, al calor de unas carta blancas, como la conoció en el Taxi, llevándola de su casa a su trabajo en CINTERMEX. Fer, lo interrumpe y le exige que se trasladen a casa. Llegando, le cuenta todo a su hermana Monina. Pero, la aventura más “chida” fue la venida de Monterrey a México, al estadio azteca. Venían en apoyo a sus “Tigres”. En un juego contra el América. Ese viaje, fue toda una odisea. En una camioneta viajaban Sandy, Rebeca, Pepe, el Toto, Monina, Celynna, Don Carmelo y doña Guadalupe. Venían “apretados”, pero entre jóvenes viajar, entre más “apretaditos”, mejor. Oír la respiración, lo más cerca posible, de él o de ella o mirarse lo más cercano posible o tocarse las manos o alguna otra parte del cuerpo eso, en los jóvenes, es algo sublime. Único. Pues el viaje, de Monterrey a México, no estuvo exento de estas peripecias.

Un día, ya estando ebrio, el Toto no soporta más que Pepe siga bailando con doña Guadalupe. En el garaje de la casa de don Carmelo, donde habían organizado una fiesta. El Toto, se le fue encima a golpes. Pepe cayó al piso junto con Celynna. Tirado en el piso del garaje, el Toto, lo sigue golpeando. Entre coraje y celos. Entre “pisto” y carta blancas, emerge en la riña, que uno es “Tigre” y el otro, “Rayado”. El Toto, un apasionado de “Los Tigres”. Pepe, de la “Pandilla”. Los presentes, no podían contenerlos y en especial, al Toto. Fue don Carmelo quien lo controló, mostrándole un bate y diciéndole, que si no se calmaba, lo calmaría a batazos. El Toto, entendió y se calmó. Al final, reconocen que es cosa de jóvenes y la pasión futbolera, queda a salvo. Como si nada hubiera ocurrido.

Otro pasaje que nos cuenta, Ramiro Miranda, en “La noche del volcán”, en voz de Monina, es cuando a ella le van cambiando las fechas de una cita para una entrevista de trabajo con el Comité de festejos de los 400 años de fundación de la ciudad de Monterrey. De miércoles al viernes. Mejor para el sábado y finalmente, para el domingo a las seis de la tarde. Igual le sucede a la fecha del “Clásico”. Repentinamente, cambian la fecha. Del sábado al medio día para el domingo por la tarde. Pero, diluida por la ciudad, que es lluviosa en invierno y calurosa en primavera verano. Hasta de temperaturas extremas. Florece ahí, todo. Desde la acción empresarial, cultural y futbolera. De familias, sanas y emprendedoras. Una ciudad pujante. Comercial, industrial. Tiendas de auto servicios, obreros y empleados. La vida social, económica, comercial y cultural sería inexplicable, en los últimos tiempos, sin la pasión con que se vive el Clásico” regio de futbol, “Tigres” versus “La Pandilla” del Monterrey. Esa pasión es un crisol, porque mantiene “viva” y al final de cuentas, unida a una ciudad. Esa pasión futbolera une a las clases sociales regias. A las clases medias, a los trabajadores, a los ricos y a los pobres. El “Clásico”, es un punto de coincidencias tanto para el trabajo como para el amor. Concluyo diciendo, que todas las historias que Monina nos cuenta acerca de los personajes de, “La noche del volcán”, se entrelazan con diversos sectores sociales en un espacio tiempo específico, concreto. La Sultana del norte. En donde Monina, al minuto setenta de aquella tarde de domingo, deja de ver el “Clásico”. Y se dirige a la oficina del Comité de festejos para cumplir con su cita de trabajo. Sin duda, conlleva en su pensamiento, que “Los Tigres” van perdiendo.

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