OPINIÓN PORTADA

TIEMPOS DE OPACIDAD

A 16 de julio del 2020

“Todas las fallas humanas, las expía la humanidad”

Goethe

“Vivimos tiempos de opacidad”, ha escrito el sociólogo español J. M. Mardones; opacidad percibida como incertidumbre que se ha hecho patente a todos.

Fromm afirmaba que nuestros abuelos tenían unas binas o rieles, por donde caminar: uno era la seguridad del instinto en armonía con la naturaleza y sus leyes, el otro, los mandamientos de Dios. El hombre actual ha perdido ambos y en esa medida la ansiedad, la duda y el miedo, la desorientación son su atmósfera vital. Anda a la deriva. Vive sin esperanza.

La relación del hombre con la naturaleza está dañada de forma, creo que irreversible. E igual, se han alzado voces especializadas, en todo el mundo; si mantenemos los patrones de consumo, el planeta no aguantará, dice la bióloga J. Covarrubias. La deforestación de los bosques de nuestro país es descomunal, ahora por la delincuencia. Este riele está caído.

El otro también. Hoy se ha hecho posible vivir como si Dios no existiera, frase poderosa y retadora de Benedicto XVI, entonces el hombre vive en un edificio de cemento armado sin ventanas. Cuando se oscurece el sentido de Dios, se pierde también el sentido de lo verdaderamente humano. El mismo Nietzsche reconoció que al “quedar vacío el cielo, al decretar la muerte de Dios, se vació la tierra también”, es decir, al quitar a Dios, concebido como obstáculo para la libertad del hombre, lo que en verdad perdió el hombre fue su libertad. “En esta pandemia hemos descubierto que la fe no es “esencial” ¿Cómo puede surgir, así, el milagro de la esperanza?

S. Ramírez lo ha dicho muy bien: “Hasta ayer mismo teníamos una idea más o menos razonable del tiempo transcurrido y por transcurrir. En el fondo de nuestras mentes reposaba esa idea silenciosa de que el progreso es inevitable, y veíamos cómo los sistemas y objetos, fruto del afán tecnológico, y de la capacidad de invención, se sucedían unos a otros para volverse al rato obsoletos; y, como en ninguna otra etapa de la civilización, teníamos cada uno un cuarto atiborrado de trastos envejecidos prematuramente.

Y la mejor novedad tecnológica era la prolongación de la vida. Adivinar por adelantado los pasos de la muerte. Medicamentos inteligentes. Cirugías sobrenaturales. La longevidad como panacea. La vejez saludable, sin carencias, empezando por el vigor sexual. Un fetiche benefactor llamado calidad de vida. Y, de pronto, lo que tenemos es incertidumbre”. ¿Cómo hablar de esperanza?

Los problemas no dejan de serlo por el hecho de que se generalicen; no vale eso de ‘mal de muchos consuelos de tontos’. Por eso conviene preguntar: ¿En qué consiste esta opacidad que no nos permite comprender lo que nos pasa ni caminar hacia su solución? El señalamiento es sutil y escapa casi a todos: señalamos este o aquel problema, sentimos que las cosas no andan bien, notamos la diferencia respecto al antes; antes las cosas eran y se hacían así y la verdad es que ahora no sabemos a ciencia cierta cómo están siendo. Vivimos esa vaga sensación de inseguridad y a veces de perplejidad. Nadie nos ha dicho qué es lo que sucede, qué estamos viviendo y cómo remontaremos y esto resulta incómodo. Solo nos reportan el número de muertos y contagiados detalladamente. Una sensación de malestar general lo invade todo. Y tal pareciera que el Covid y la política anduvieran muy mezclados y agarraditos de la mano. Parece, pues, no haber lugar para la esperanza.

En el espacio de la política esta sensación se convierte en malestar democrático, es decir, en desconfianza ante el sistema organizador de la cosa pública inspirado en el genio griego y acuñado por el pragmatismo liberal, de corte inglés, y las reivindicaciones del movimiento obrero. Sólo que ya le encontramos su antídoto: las impugnaciones. ¿Para qué sirven los partidos, las cámaras, las elecciones, los sindicatos?, se preguntan muchos ciudadanos cuestionando las instituciones fundamentales del sistema de la democracia liberal y refiriéndose inmediatamente a hechos escandalosos y bochornosos, situaciones reales que a diario nos proporcionan los medios. El derrumbe de las economías y el desempleo que le

sigue es un fantasma que pesa ya en el imaginario popular como un íncubo. Y luego tenemos las manifestaciones de grupos de ultraderecha, las que se hacen manía, más violentas cada vez, como válvulas de escape de la rabia contenida por haber perdidos privilegios de ser los de siempre.

Habremos de salir a luchar por la vida; los más viejos debemos resguardarnos. El virus llegó para quedarse.

Algo Más…

Muchos presuntos olvidan que también en San Juan hace aire, que arrieros somos, que el que tiene más saliva es quien traga más pinole y que el que agarra los fierros, a los fierros se atiene…

Por eso el alcalde ha tomado a los comerciantes de toda la ciudad, principalmente a los del mercado como los responsables directos de la amplitud de la pandemia, se le olvidan las centenas de carros que llegan de las distintas localidades a comprar o a vender y no se les aplica la desinfección de sus unidades motrices y de sus personas, los cientos de motociclistas que no cumplen ninguna medida de seguridad, muchos llegan como reparto a centenas de casas, o sea, no solo la unidad Covid, ya fallo en la planeación de la desinfección.

DXC.- Muchos padres tiene la Insignia urbana, ahora todos son los promotores. Insignia, bufonadas.

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Hasta la vista.

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